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Nuestros remedios naturales de O Bolo

Las mezclas de plantas medicinales y miel natural de O Bolo, para tu bienestar diario, tienen su origen en la ancestral sabiduría que nos legan los monjes boticarios.

Close-up of natural medicinal plant bundles with honey jars in a rustic wooden setting.
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A traditional herbalist preparing plant infusions in paper bags beside wildflowers.
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Circulación e hipertensión

Mezclas para mejorar la circulación y aliviar varices y hemorroides.

Descanso y digestión

Infusiones que favorecen el sueño y relajan cuerpo y mente.

Sabiduría de los monjes

Un cuento ficticio en un monasterio benedictino escondido en los cañones de un serpenteante río...

En las profundidades de la Edad Media, cuando gran parte de Europa se debatía entre sombras, los monasterios benedictinos de Galicia se alzaban como faros de luz, conocimiento y civilización. No eran solo lugares de oración, sino auténticas fortalezas del saber, estratégicamente situadas en los valles fluviales del Bibei, Sil, el Miño o en otros recónditos bosques de Galicia.

Nuestra historia transcurre en el ficticio Monasterio de San Paio das Ermitas, incrustado en la Ribeira Sacra del Bibei, donde las laderas de los cañones caen a pico sobre el río y la niebla matinal parece guardar secretos antiguos.

El protagonista era Fray Mauro, el herbolarius del monasterio. Mauro era un hombre de edad avanzada, cuyas manos estaban permanentemente teñidas por la tierra oscura de Galicia y la tinta de los códices. Su reino era el hortus medicus, el huerto del boticario, el jardín de plantas medicinales situado junto a la enfermería, orientado al sur para atrapar el escaso sol del invierno gallego.

Una mañana de otoño, un joven novicio llamado Fiz encontró a Fray Mauro inclinado sobre una mesa de roble macizo en el jardín. El viejo monje tenía ante sí dos mundos desplegados: a su izquierda, un voluminoso códice de piel de becerro, una copia laboriosamente transcrita de "De Materia Medica" del griego Dioscórides; a su derecha, un mortero de piedra con hojas frescas de una planta que Fiz reconoció como dedaleira (digital), común en los montes cercanos.

—Padre Mauro —preguntó el novicio con timidez—, ¿por qué pasáis tantas horas comparando las hierbas que crecen silvestres tras nuestros muros con esos libros antiguos escritos en lenguas lejanas?

Mauro levantó la vista, sus ojos brillaban con la paciencia de quien ha visto florecer y marchitar innumerables estaciones.

—Observa, hijo mío —dijo Mauro, señalando el libro—. Los antiguos maestros, griegos y romanos, nos legaron la base del conocimiento. Ellos clasificaron el mundo. Pero sus textos hablan del Mediterráneo, de tierras secas y sol abrasador. Galicia es diferente. Nuestra tierra es húmeda, ácida, y nuestra niebla nutre a criaturas vegetales que Galeno nunca soñó.

El viejo monje tomó un ramillete de hierba de San Juan (hipérico) que colgaba secándose.

—Ahí radica nuestra gran misión, Fiz. No somos meros copistas. Somos traductores de la naturaleza.

Mauro le explicó que su trabajo consistía en una delicada y peligrosa síntesis. Por un lado, estudiaban la rigurosidad de los textos clásicos que llegaban a través de las rutas de peregrinación del Camino de Santiago. Por otro, escuchaban con respeto la sabiduría ancestral de la gente del lugar.

—Las ancianas de las aldeas, esas a las que algunos ignorantes llaman brujas, conocen secretos que no están en los libros —continuó Mauro, bajando la voz—. Ellas saben cuándo la luna potencia la savia del tejo o cómo usar la xesta para algo más que barrer. Ellas heredaron el conocimiento de los pueblos que habitaban los castros antes de que Roma pusiera una piedra aquí.

La labor de los benedictinos gallegos no era imponer el latín sobre la tierra, sino fusionarlo. Mauro pasaba sus días probando si la ruda cultivada en el suelo granítico de Ourense tenía las mismas propiedades que la descrita por Plinio el Viejo. Descubrió que la humedad gallega potenciaba ciertas propiedades de la valeriana para calmar los nervios, pero hacía que otras plantas mediterráneas se pudrieran antes de ser útiles.

—Nuestro Ora et Labora (reza y trabaja) no es solo cultivar trigo, hermano Fiz. Es cultivar el saber. Es tomar la ciencia de los antiguos y validarla con la experiencia de nuestra tierra y nuestros ancestros.

Fray Mauro tomó el mortero y comenzó a machacar la digital con movimientos rítmicos.

—Esta planta, la dedaleira, es hermosa pero mortal si se usa mal. Los textos antiguos apenas la mencionan. Pero los pastores de estas montañas saben que, en dosis minúsculas, puede calmar un corazón desbocado. Mi tarea es encontrar esa dosis exacta, escribirla en el códice, y salvar la vida que Dios nos confía, usando las herramientas que Él mismo plantó en nuestros montes.

El monasterio de San Paio, como tantos otros en Galicia (Samos, Oseira, Sobrado), se convirtió en un crisol. Allí, la fría lógica de Aristóteles se encontraba con el misticismo atlántico. Los monjes benedictinos no solo preservaron el saber clásico durante siglos oscuros; lo adaptaron, lo enriquecieron con la sabiduría popular gallega y crearon una farmacopea viva, un puente verde entre el pasado y el futuro, garantizando que la salud del cuerpo y del alma estuviera al alcance de quienes llamaban a sus puertas de piedra.

El joven Fiz miró a su maestro, comprendiendo de repente la magnitud de su labor. En ese jardín, entre el olor a tierra mojada y hierbas machacadas, se estaba tejiendo la historia de la medicina occidental.

Fray Mauro clasificando la "dedaleira". Digitalis pupúrea